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Desde Gualeguaychú, otra mirada sobre la cuestión de Botnia

Creo que hay que tener cuidado, mucho cuidado, extremo cuidado, con la posible contaminación botniana. Pero inyectar miedo no es bueno para nadie. El miedo paraliza, y a la vez nos hace cometer acciones desorbitadas.

Estas reflexiones no pretenden generar polémica, ya que lamentablemente este parece un tema imposible de debatir: el dogmatismo y la intolerancia han hecho presa de gran parte de los gualeguaychuenses, por lo que es impensable un debate razonable. No desapasionado ni objetivo; nadie puede dejar de ser sujeto, y como humano apasionarse, y uno menos que nadie puede reclamar falta de pasión. Pero duele mucho observar que es imposible entablar un diálogo racional. Intenté tres veces, a lo largo de los años, que dialogara gente de las dos orillas del Uruguay, con resultados desastrosos. Así que me conformaré con explicar lo que pienso.

BOTNIA CONTAMINARÁ
Solamente un necio podría negar que la pastera instalada frente a Ñandubaysal contaminará.
Toda industria contamina.
Todas las industrias existentes en nuestro Parque Industrial -por ejemplo- contaminan, y recién ahora se están tomando previsiones para que contaminen poco, porque antes ni eso. Nos cansamos de pedir informes en el año 2002 ó 2003 –ya ni recuerdo bien- sobre el nivel de metales pesados que derramaban al río “nuestras” industrias, y nunca conseguimos que ni la Corporación ni la Municipalidad nos lo informaran.
Todas las industrias contaminan, decía; y las pasteras están entre el trío de producciones industriales que más contaminan, probadamente; por lo cual creer que Botnia no contaminará es infantil.

… PERO ¿CUÁNTO?
Mi interés sobre la cuestión de Botnia creció desmesuradamente cuando una científica de primerísimo nivel me re-preguntó, ante una consulta que le hiciera sobre el tema, cómo contaminaría y cuánto contaminaría la fábrica. Y entonces -recuerdo- se trataba de Ence, no de Botnia. Y me explicó que todo depende de cuánto contamine, que hay niveles aceptables de contaminación de todas las industrias, y que -contrariamente a lo que uno pensaba- los niveles aceptados de las pasteras no eran grandes, sino que estaban muy controladas.
Como no le creí mucho, y se lo dije, me dio algunos correos de otros científicos, y a su vez ellos los de otros, y TODOS los que consulté, excepto una científica que me decía que si por ella fuera, casi casi no habría industrias en el mundo; excepto esta científica, digo, todo el resto me dijo que todo depende de cuánto.
Por lo cual, uno, que no es científico ni se las da de tal ni de entendido, sino que es apenas un preocupado pensador sobre las cuestiones humanas, acepta como verdad que todo depende de cuánto. Y que si hay normas científicas con vigencia en Europa sobre todo, de cuánto es la contaminación aceptable para los seres humanos emanadas de las pasteras, debemos aceptarlas y clamar por ellas.
Esto implica decir que no me sumo ni siquiera por medio minuto a quienes forman parte de la Cruzada Antibotnia; y uso el término Cruzada deliberadamente, no por azar.
En lugar de sembrar miedo contra Botnia y odio contra los orientales, postulo que tengamos cuidado con y por el medio ambiente, y amor y cooperación con quienes son naturalmente nuestros hermanos de vida. Lamentablemente, las burocracias de los Puentes le van ganando la batalla a nuestros anhelos de hermandad: creo que cuando nos unía la vieja lanchita endeble Caparachay nos sentíamos más cercanos a los orientales que ahora. Y no entiendo nada.

¿QUIÉN NOS DIO UNA RUTA Y UN PUENTE INTERNACIONAL?
Nunca me enteré que alguna autoridad hubiera hecho a una parte de los gualeguaychuense poseedores de una Ruta y de un Puente internacionales, pero la seguridad con que se discute cuándo “liberaremos la ruta y el puente” es indicio de que evidentemente alguna autoridad le dio a unos cientos de gualeguaychuenses derechos posesorios sobre ellos.
Por ahora, y en tanto no haya prueba en contrario, prefiero creer que se trata de otra muestra de lo que Berkham llamaba anomia, y otros “me nefrego en todo”. O sea: yo digo que esto es así, y el que me lo discuta es un tarado, así que hago lo que quiero porque –si es lo que quiero- por definición tengo razón..
Un filósofo y maestro de Derecho Constitucional, Ataúlfo Pérez Aznar, decía que esto era parte de la herencia hispánica: el sentimiento católico de que somos el centro del mundo, y que todo lo que decimos es verdad y que los Otros son el Enemigo. Esta concepción que afecta a muchos gualeguaychuenses no merece de mi parte interpretaciones muy distintas; similares razonamientos hace el economista y pensador Rapaport en un libro de reciente aparición. Pero claro: ¿quiénes son pensadores, economistas, filósofos, constitucionalistas, para discutir con los dueños de la verdad?
Nadie puede creer en serio que somos dueños del Puente Internacional y de la ruta. No lo somos.

LA TEORIA DE LA LICENCIA SOCIAL
La Licencia Social es una institución que frecuentemente se invoca como fundamento de cierta prorrogativa gualeguaychuense de echar a Botnia: “Nunca le daremos la licencia social”, se repite.
Más allá que habría que ver si ello se verifica o no, porque no es patrimonio de un núcleo de escogidos, sino de toda la comunidad, la verdad es que en la Argentina, y por lo que sé en toda Latinoamérica, la teoría de la Licencia Social no existe en la práctica.
Otro pial que nos tiraron algunos amigos europeos, y del que nos prendimos entusiastas, sin ponernos a pensar si era aplicable o no a nuestra realidad.

¿ECHAR A BOTNIA SERÁ SENCILLO?
Me asombra la liviandad con que se dice que vamos a echar a Botnia.
Si nos asiste la razón, seguramente lo haremos. Y con participación de los orientales del Uruguay. Pero no será nada sencillo.

¿Y ENTONCES?
¿Qué hacemos entonces ahora y aquí?
Creo que sería sensato que pensáramos en controlar al máximo las emanaciones de aire, tierra y agua de Botnia. Y que las cifras las interpreten quienes sepan hacerlo, y no tengan intereses que les tapen los ojos.
Creo que hay que tener cuidado, mucho cuidado, extremo cuidado, con la posible contaminación botniana.
Pero inyectar miedo no es bueno para nadie. El miedo paraliza, y a la vez nos hace cometer acciones desorbitadas.
Tengamos cuidado, mucho cuidado. Pero no miedo.
Y preservemos la amistad con los orientales. Fueron nuestros hermanos, lo son y lo van a ser, nos guste o no.
A mí me gusta.

Julio Majul
(*) Senador provincial mandato cumplido
Dirigente del Partido Intransigente

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